Bitxo nació un 24 de abril del año 2002 junto con sus 7 hermanos, en mi habitación del piso de Silla. Era hija de Silex, una coquer negra, devoradora de comida, una perra llena de vida y enamorada de mi padre. Cuando era pequeña tenía una machita blanca sobre su pelaje a ratos marrón oscuro a ratos más claro, esta manchita tenía forma de rayo. Así que a mis ocho años la llamé Rayo. Fuimos dando en adopción a sus hermanos, pero ella se quedó y se quedó. Conforme crecía y veía que podíamos quedárnosla la quise llamar Luna, pero mi padre cabezón de que no se iba a quedar en casa la llamaba Bitxo, llegó el momento en el que mi madre la llamó así también, yo me enfadé con ella porque si eran los dos se quedaría al final con ese nombre. Estando la perra ya crecidita, y siendo evidente que ya era nuestra, fuimos al veterinario y la inscribimos como Bitxo, así en valenciano, al fin y al cabo el nombre se lo había puesto mi padre.
Cuando la perra tenía 1 o 2 años nos fuimos a vivir a Priego de Córdoba porque mamá estaba estudiando muy fuerte para las oposiciones, así que nos fuimos los cuatro para allá. Un subnormal, compañero de mamá, quiso quedarse a Bitxo, y yo dije que por encima de mi cadáver se llevaba a mi perra. Día a día, este hombre, fue mostrando su detestable personalidad, y mamá agradeció que yo luchara tanto por Bitxo. Era nuestra perra. Silex era de mi padre, pero Bitxo, muy a mi pesar era de mi madre. Yo aún era una niña, y el vínculo con un perro no se hace cuando eres niño. Todos los perros tienen algo especial con su niño, pero es eso, eres su niña, no su humana. Yo fui la niña de Ulises, de Tila, de Sabia, de Silex y de Bitxo, mi perra llegaría años más tarde, pero eso es otra historia.
Después de Priego nos mudamos mamá, las perras y yo a Minglanilla, Cuenca. Papá se quedó trabajando ese año en Valencia. Ese curso cambié mis habituales paseos en bicicleta por Priego, por el patinete tirado por mis perras por el pueblucho ese. Todo el mundo me conocía, primera por la reducida población y segunda porque nosotras eramos las extranjeras, las extrañas, las forasteras. Yo era una niña pequeña, allí todos eran personas enormes de pueblo, y siempre iba con mis perras tirando del patinete y comprándole coquitos a mi madre. Por aquel entonces Bitxo era la que más fuerza tenía. Las sacaba casi siempre que salía a la calle.
Cuando nos mudamos a Hellín, la casa ya la habitaba un gato, el Gatito de la Mancha, Cabezón para algunos, Blanco para Conce (la vecina). Ese fue el primer gato con el que convivió, y lo llevó bastante bien. Más le valía porque mamá no se iba a cansar de traer gatos a casa. Nunca tuvo problemas, lo llevó muy bien. Sin razón aparente se le empezó a pelar el rabo. Gente por la calle decía que parecía una cola de rata. Y yo decía y pensaba que ojalá las ratas tuvieran rabos tan bonitos. La verdad es que fue una pena porque tenía un pelo precioso en el rabo, parecía un abanico. Pero su rabo pelón negro también tenía su gracia y le cogimos cariño. Hubo un verano que la pelé, ¡menudo error! Se volvió rubia y tenía trasquilones por todas partes.
Año 2008, nuevos miembros humanos en la familia, esto es nuevo. Ahí estuvo Bitxo, dando cariño a la familia. Un par de años más tarde su madre, Silex murió. Pero por aquel entonces ya estaba en la familia una nueva perra, Llum la mía. Nunca tuvieron mucha relación, pero se respetaban, nunca se pelearon ni tuvieron inconveniente en vivir juntas y compartir paseos. La situación fue bastante estable, fue engordando como le pasa a todo el mundo cuando se hace mayor. Íbamos de un sitio a otro, siempre que podíamos íbamos a pasear al campo, en Valencia alguna vez a la playa, en Hellín en verano me la llevaba al río con Lum. Hasta que llegó el día en que mamá metió en casa a Theo, un pastor alemán macho y muy salvaje en casa. Bitxo era la reina, habían gatos, pero Llum y yo estábamos fuera, ella era la que mandaba y de repente se le mete un torbellino en casa, pero contra cualquier pronóstico de desastre absoluto, Theo ya no era hijo independiente como podía ser Llum, Theo era el nieto, y claro, ya se sabe qué pasa con las yayas y los nietos. Bitxo después de una temporada de estar muy tranquila sin mucha aventura, rejuveneció todo su ser, ladraba más, corría unos metros cuando salía a la calle. Se podría decir que guió los primeros pasos de su nieto predilecto, un gran pastor alemán, mestizo. Siempre mestizos. Igual que lo era ella, igual que lo somos todos en esta familia. Con esto se podría decir que Bitxo fue una perra feliz, que llegó a abuela y estaba realizada, pero la vida no contenta con eso, le dió un bisnieto: Cuatro. Cuatro cuando llegó a casa se podía coger con una mano, era un podenquito marrón, hecho un saco de huesos y piel. Pero ya no es así, y eso lo sabe Bitxo, porque le ha visto pasar de bebé a un hombrecito grande, ¡más grande que Theo incluso!
Así hasta ahora. Bitxo nació cuando yo estaba en primaria, y nos ha dejado cuando estoy en la universidad. La he visto nacer y morir, pero lo más importante es que la he visto vivir. La he conocido, en todas sus etapas. Es el único ser que he conocido durante toda su vida. Y es por eso que sé que lo que más le gustaba era ponerse delante de las personas cuando paseábamos y ladrar guiando el camino, hacia delante, siempre con ímpetu, pero mirando de reojo para ver si la seguíamos o no. Era una chula, pero nunca ha sido una atleta, por eso se tiraba a las acequias y luego no podía salir, por eso se quedó enganchada en un campo de arroz, pero Bitxo, no hace falta que confiese que yo también me quedé atascada como tú, porque ya lo sabes. Ella ha sido la que ha tenido la paciencia de que una niña le pinte las uñas o le intente poner una camiseta encima para que estuviera guapa, pero por suerte también ha visto como yo me he dado cuenta que como más guapa estaba era con su pelo, o sin él, pero al natural. Si nos íbamos, venías con nosotros, porque si tú ladrabas allí estábamos nosotros. Porque la familia no es sangre, la familia no es parecido, no son genes, por no ser, no son ni apellidos, ni especies si quiera. La familia son lazos, y no hay lazo más fuerte que el que une a un humano con un perro. No importa donde hayas nacido, de quien hayas nacido, de qué color seas, no importa nada, por que seas como seas si eres de la familia lo eres, y siempre estaremos juntos. Tu legado seguirá, no lo dudes, la familia perdura. Hasta siempre compañera, hermana, hija, madre… hasta siempre yaya Bitxo.
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