Todo mi cuerpo estaba congelado, los dedos de los pies y de las manos me empezaban a doler, seguía avanzando, algo extraño pasó muy cerca de mi. Quise saber qué era. Seguía avanzando, el frío aumentaba, mi preocupación bajaba, estaba bajo cero. El fondo parecía lejos y grande a la vez, todo un misterio. Seguía avanzando. Me cubría la misma inmensa capa de agua que cubre más del 70% de nuestro planeta, pero no me ahogaba, estaba buceando en el Atlántico.
La quietud de mi alma era máxima pero a mi alrededor estaban pasando cientos de cosas, conchas de todos los tamaños y colores, caracolas como las de los libros de naufragios, suaves y puntiagudas, algas flotantes, corales que siguen el son del oleaje sin fallar un solo ritmo, peces que no había visto más que en documentales estaban a dos palmos de mi, nadando conmigo, o más bien yo con ellos. Pasaba quieta mucho tiempo hasta que me invitaban a su pequeño banco para mostrarme su hogar. Increíble la cordialidad de estos seres. Al salir a la superficie solo notaba el sabor a sal en la boca y el calor del sol en la cabeza. El mundo seguía ahí, pero yo estaba en otro plano.
No sé si vuelo más cuando cierro los ojos o cuando los abro. Oscuridad, oigo las olas calmadas a mis pies, me da miedo no saber cuándo sube y baja la marea pero sé que el viento me lo dirá, el mismo viento que mueve los arbustos por encima de mi cabeza. Abro los ojos, millones de estrellas me cubren esta vez. Un manto tan iluminado que hace plantearse a una porque el suelo no brilla de esa forma, y entonces entiendes el infinito. Pasa una estrella fugaz gigantesca, al final de la estela veo una zorrita pequeña, nuestras miradas se cruzan y parece que el viento se la lleva en otra dirección. Al amanecer la brisa trae consigo esta vez a las gaviotas, bonitas risas para despertar.
¿Cómo la tierra firme puede estar compuesta de granitos de arena tan pequeños? Se deshacen entre los dedos, se pegan a tu cuerpo, a todos los cuerpos, se los llevan las olas, ¿cómo siguen ahí? hay millones, miles de millones, y gracias a ellos podemos andar y avanzar. Noto el calor de los granitos de arena cuando ya les ha dado el sol de media mañana, exfolian mi piel, y se cuelan en mi comida. Menos mal que me gustan las cosas saladas. Cerca de la arena siempre hay tierra fértil creando pequeños paraísos de vegetación donde puedo resguardarme para descansar, dónde se siente la vida del medio, la fuerza de la tierra que nos sostiene.
Última noche, muchos de mi misma especie nos reunimos, en la tierra, cerca del agua, con el viento cantando en rededor, la melodía es armoniosa, pero no perfecta. Necesita algo más. Mis pupilas empiezan a empequeñecerse, mis venas se dilatan y desde mi núcleo empieza a expandirse un calor vivo, agradable, potente, naranja, rojo, fuego. Los cuerpos excitados empiezan a bailar. Adoramos la hoguera que hace de núcleo al pequeño mundo que hemos creado para unirnos. La música suena, la felicidad se palpa, luz y sombra están en equilibrio. Ahora el ecosistema creado es perfecto, la paz es interna y externa. La comparto con mi compañeros y todos agradecemos a la naturaleza el regalo.
Esta es la mejor forma que tengo de expresar cómo fueron mis vacaciones este verano.

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